En una entrevista en exclusiva con Luján Haeder, quien el pasado 7 de noviembre presentó su colección Archivo Emocional de Sobremesa, conversamos sobre su práctica y el armado de su último desfile. Una charla que interpela, inspira y, sobre todo, nos invita a pensar y vestir distinto.

En un momento en que la industria discute cómo producir de manera más consciente, Luján Haeder aparece con una respuesta que no busca suavizar el sistema sino cuestionarlo de raíz. Su práctica regenerativa no se limita ni se basa en intervenir prendas: trabaja sobre la memoria, la identidad y la responsabilidad emocional que tenemos con nuestros objetos.
Su mirada invita a revisar aquello que guardamos, resignificar lo que dejamos atrás y comprender que la novedad no siempre está en el afuera. En un mundo saturado de estímulos y tendencias fugaces, Haeder propone volver al silencio, a la presencia y a la íntima potencia de los materiales que ya forman parte de nuestra historia.
Desde Trabajos en Moda, celebramos proyectos que amplían el campo de lo posible, que devuelven profundidad al acto de vestirse y que recuerdan que la moda —cuando es honesta— puede ser un lenguaje transformador.
— ¿Cómo fue el desarrollo de la colección y cuál es su concepto principal?
Nos encontramos con la necesidad de desarrollar esta práctica regenerativa, que en moda llaman ‘colección’, pero para nosotros surgió de manera incidental, no fue causal. Nuestro trabajo consiste en revalorizar bienes de posconsumo y pre-consumo: indumentaria con desgaste, defectos y demás. Participamos en remates donde esos bienes se liberan para la venta, porque de otro modo se descartarían.
Nos empezaron a aparecer piezas textiles de enorme valor histórico, artístico y cultural: manteles, servilletas, objetos que formaron parte de momentos importantes de la vida y que embellecieron experiencias compartidas alrededor de la mesa. Donde no solo observamos, sino que también saboreamos, sentimos aromas, sabores, compartimos… En la cultura argentina, lo que sucede en la mesa se proyecta y se transfiere después a la sociedad.
Nos generaba angustia ver que estos textiles —muchos de lino, bordados a mano, de una calidad y composición que ya no existe— quedaran abandonados. Entonces nos preguntamos por qué dejamos atrás cosas que todavía funcionan. Ahí dimos con la teoría de la resonancia de Hartmut Rosa. Descubrimos que muchas veces no es intencional dejar las cosas en el pasado: estamos distraídos y perdemos el sentido del valor. Ese abandono accidental contribuye al problema del sobreconsumo y la sobreproducción. No necesitamos más: con lo que tenemos es suficiente.
— ¿Cómo se traduce esa idea en las piezas que presentaron?
En esta línea, entonces, la intención de esta práctica regenerativa fue presentar 25 looks, y todos son reversibles. El sistema regenerativo de Haeder busca que la materialidad de la pieza se conserve y que los cambios físicos sean reversibles. Esta práctica regenerativa es una invitación, casi una provocación, que confirma una hipótesis: no necesitás más de lo que ya tenés; necesitás una nueva perspectiva.
Más allá de vender estos objetos —irrepetibles, únicos, aunque replicables en espíritu—, la invitación es que las personas no se compren algo nuevo, sino que traigan lo que tienen para darle una nueva forma y así revestirnos con esa novedad que están buscando. El marketing nos convence de necesidades que no tenemos; nosotros proponemos revisar nuestro archivo emocional: lo que nos conecta de manera amorosa con nuestra propia historia y con el ejercicio de nuestra autonomía identitaria.
— Ahora adentrándonos en el armado del desfile, ¿cómo fue la elección de la locación y por qué era importante para esta presentación?
Cuando empezamos a pensar en el armado del desfile, una parte fundamental de esta práctica regenerativa era que la elección del espacio fuera coherente y transversal al mensaje de la colección. Buscábamos un lugar que transmitiera este concepto de archivo emocional, y así llegamos a lo que fue la casa estudio de María Fux, creadora del método de danzaterapia, pionera, reconocida en Argentina e internacionalmente.
Más allá del espacio físico, lo interesante de María Fux es que hizo del arte un puente de inclusión: en su estudio bailaban profesionales, pero también personas con discapacidad, autismo, ceguera, sordera. Hoy la casa está en venta, vacía, y fue un desafío llegar a esa locación. Tuvimos la suerte de contactar a Cecilia Baccello, gestora de la propiedad, quien nos conectó con el hijo de María Fux. Él aceptó que alquiláramos el espacio y que lo pusiéramos en valor. Tuvimos que hacer trabajos de refacción, mantenimiento, dar de alta servicios y hacer una limpieza profunda, porque hacía dos años que el espacio estaba deshabitado.
— ¿Qué puntos en común encontraste entre la locación y el desarrollo de la colección?
Principalmente, queríamos comunicar que no se necesita algo nuevo para encontrar novedad en los objetos que nos rodean. La costumbre de perseguir lo nuevo y la obsolescencia percibida nos hace pensar que lo que tenemos ya no sirve o no es ‘cool’, y dejamos atrás cosas que aún tienen sentido.
La idea era rescatar esa posibilidad de encontrar belleza en lo que formó parte de nuestra vida y construyó parte de nuestra humanidad. Archivo Emocional de Sobremesa es el resultado de una investigación de seis meses con un abordaje sociológico. Nos apoyamos en la literatura de Hartmut Rosa, que habla de la teoría de la resonancia: la relación del sujeto con los objetos desde un lugar no utilitario, sino profundo.
— ¿Cómo fue la selección de todo el equipo de trabajo para el desfile: modelos, estilista, coreógrafa, asistentes..?
La producción estuvo 100% bajo mi dirección, con el aporte de productoras y directoras de arte como Dupla LATAM, que siempre nos acompaña.
En cuanto a los modelos buscamos perfiles que acompañaran este concepto. Nosotros no hacemos moda: usamos la moda como un vehículo para comunicar una inquietud profunda. En un proyecto sostenible o regenerativo, todo comunica: la colección, los procesos, el equipo, la intención del evento.
Elegimos a la coreógrafa Andrea Servera no solo por su trayectoria, sino porque tiene una conexión con la casa de María Fux y la conocía. Sabíamos que para ella no iba a ser un desfile más y que iba a comprender la emocionalidad y el aporte cultural y social del espacio.
En cuanto a las modelos, fue complejo. Haeder no suele trabajar con modelos de agencia porque también ahí hay un mensaje: esos cuerpos existen, pero no representan del todo lo que comunicamos. En este caso, fue mitad agencia y mitad casting accidental: personas que encontré en la calle y que tenían algo más para aportar que la belleza. Fue un proceso intenso, que incluso me generó controversia personal, y no sé si volvería a repetirse.
Mona Gallosi se ocupó de la coctelería y creó una experiencia emotiva alineada al mensaje. Cuidamos todo: muebles, flores, aromas —la experiencia sensorial es un sello de Haeder—.
Mi familia estuvo presente, sosteniendo como siempre. Y Sara y Eva, mi equipo directo, hicieron un trabajo enorme; fue su primera experiencia en un desfile y estuvieron a la altura con nervios de acero. También hubo un equipo detrás, quizás menos visible, pero esencial para que todo esto sucediera.
El equipo de Espacio Buenos Aires nos ayudó muchísimo generosamente en todo el proceso del backstage; fue una intervención clave. También Trabajos en Moda nos acompañó desde el inicio, registrando todo el proceso y armado del desfile.
— En el desfile, la música y el silencio tuvieron un rol protagónico. ¿Por qué?
Ponemos énfasis en todos los sentidos: aromas, sabores, experiencias. Y en este caso, la musicalidad y el silencio fueron factores fundamentales. Recibíamos a la gente pidiendo un silencio solemne, en respeto al espacio de María Fux y a su visión del silencio como búsqueda de autenticidad. Con esta idea de que escuchamos poco el silencio. Cuando ponemos música, ponemos música que otros crearon. Cuando estamos con otros, siempre escuchamos la música de otros y lo que otros nos indican. En cambio, el silencio es la búsqueda de lo opuesto, uno está completamente desnudo, es el propio sonido, encontrar el propio ritmo. El silencio es un espacio de presencia, un espacio de introspección, de respeto a uno mismo. El ruido distrae; el silencio revela.
Después del silencio inicial, la música no podía tener componentes electrónicos. Tenía que ser natural y resonar con el espacio y su madera. Participó un dúo de violonchelo improvisando en función de lo que sentían al ver transitar a las personas. Fue como una conversación entre los cuerpos vestidos y los músicos. Muy enriquecedor, porque no hay nada parecido: resonaba directamente con la búsqueda emocional del proyecto.
— ¿Cuál es el objetivo de hacer este tipo de presentaciones?
La finalidad va mucho más allá de presentar una colección efímera. Como digo siempre: no hacemos moda; estamos haciendo otra cosa. Somos un poco ‘bicho verde’ en la industria porque no nos interesa estar de moda, sino insistir en la idea de que no necesitamos más nada. Eso tiene un efecto económico: cuanto más gastás en cosas que no necesitás, menos dinero tenés y más empobrecés.
Este proyecto implica impacto económico, social, cultural y de re-vinculación. Es un llamado a hacerse cargo de quién sos. Dejemos de copiar lo que otros repiten. Recuperemos nuestra identidad a través de la indumentaria, que además tiene un mensaje político.
La invitación —o provocación— es ir a buscar en tu casa, en la de tus padres, tus amigos o incluso tu (ex)pareja, eso que quedó olvidado y transformarlo según tu identidad. Porque eso que dejaste atrás es lo que te trajo hasta acá, esos objetos a través de los cuales vos dejaste reposar tu identidad: es tu archivo emocional.




